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Infodemia (II): La veracidad es un derecho, la información un paraguas

El virus de la infodemia es propagado cuando faltamos al derecho a la información veraz.

El virus de la infodemia y el derecho a la información

Hace unas semanas, en un momento en el que parte de nuestros derechos se han visto reducidos merced al estado de alarma en el que nos encontramos para contener la emergencia sanitaria, el tan cuestionado CIS posaba la escabrosa pregunta: “¿Cree usted que en estos momentos habría que prohibir la difusión de bulos e informaciones engañosas y poco fundamentadas por las redes y los medios de comunicación social, remitiendo toda la información sobre la pandemia a fuentes oficiales, o cree que hay que mantener la libertad total para la difusión de noticias e informaciones?”.

Numerosos son los sociólogos que se han mostrado contrarios a la formulación de esta pregunta concreta, que más que interrogar, induce a un proteccionismo sobre un mal que, si bien es importante, puede ser atajado mediante mecanismos ya existentes, a la vez que propone dos puntos contrapuestos sin medias tintas: la confiscación de la libertad o el mundo de las rimbombantes fake news.

Muerto el perro, se acabó la rabia

La respuesta a tan dudoso interrogante se encuentra fuera de las opciones desplegadas por el mismo. Decantarse por una u otra opción parece caer en la trampa de la herramienta que el Gobierno ha hecho del CIS o en el juego de bulos y opinión. Muerto el perro, se acabó la rabia, viene a insinuar Tezanos, al tiempo que propone en caso contrario un contexto irrevocable repleto de falsedades y mentiras. La cuestión, sospechosa de esconder malintencionadas soluciones, no es tan simplista como propone su alargada enunciación, por lo que conviene profundizar.

La crisis de la COVID-19 ha evidenciado el pretérito virus de la infodemia y las fake news, propagado por Redes Sociales de una forma más común de la que casi todos desearíamos. Las plataformas destinadas a la interacción social, el intercambio de pareceres y la amplitud de miras y discursos vienen siendo infoxicadas de forma sistemática, hecho agravado en estas semanas de confinamiento y sobreinformación. Las estructuras amplificadoras de mensajes marcados ideológicamente unieron tras su construcción la distribución de informaciones falsas, esas que atentan contra todo aquel que las recibe o contribuye en su difusión, indistintamente.

Reforzar nuestras convicciones a base de opinión

A ello, debemos unir la predilección que Facebook o Google siente y practica por ofrecernos contenidos con los que podamos sentirnos mayormente identificados. Los famosos algoritmos. Escuchamos en mayor medida aquello que, entienden, queremos escuchar, proporcionándonos el flaco favor de alimentar nuestras posiciones o convicciones. ¿O más bien refuerzan nuestros miedos y nos apresan en ellos?

Quien domina el canal, dígase las redes, puede imponer su discurso. Y no por consenso tras un extenso debate. Pero, ¿el problema está en las formas o en el fondo? Culpar a la estructura, conformada por el adversario para obtener beneficio, es exentarse de la propia, pues en cierto modo hemos demonizado a la tecnología para salvar de la quema el constante (e histórico) error ejercido por el humano.

El mensaje es quien corrompe al canal, y no el canal al mensaje, aunque ese ofrezca tentaciones para allanar caminos hacia el poder. Los discursos de odio hace tiempo se vienen sucediendo. En España parecemos atrincherados en un ‘guerracivilismo’ inexistente, amén de polémico e involutivo. Todo por obtener rédito político. Denigrar al contrario es entendido incorrectamente como la forma común de avanzar, sin importar cuan minado quede el discurso público, ese mismo que ha de ser rico y vigoroso como sostén democrático, que es el sostén de todos y todas.

La oficialidad no siempre casa con la verdad

En su lugar, Redes Sociales e infodemia de por medio, hacemos uso del tacticismo trumpiano, adjetivando como bulo cualquier información que, pese a su veracidad, vaya en contra de los intereses propios. Y este misterio, resuelto desde hace tiempo, pero cuestionado desde el mismo momento de su resolución, no deja de ser una forma deleznable de coartar la libertad de prensa, creando falsas creencias y alimentando la desinformación existente.

Ante ello, la solución no pasa por dejar en manos únicamente del Estado la definición de verdad, como insinuaba el CIS. El papel que este juega aquí es el de garantizar la libertad de los medios de comunicación para informar de hechos veraces y el derecho de los ciudadanos a recibirlos. Pero, en ningún caso, será el de constituirse como única fuente de la certeza, pues la oficialidad, no siempre casa con la veracidad. Solo con su verdad.

El simple hecho de ser permisivo en la duda puede brindar un reducto para amainar la pluralidad, base del crecimiento. La libertad de expresión y de prensa se han visto atacadas en estos tiempos de coronavirus, como ha denunciado Reporteros Sin Fronteras, al mismo tiempo que Index on Censorship ha recabado los ataques denunciados contra estas libertades a nivel mundial. La diversidad de casos es amplia, incomparables en la gravedad de sus amenazas.

Anular al contrario no es la buena solución

El Ejecutivo español, en un ejercicio poco transparente durante esta crisis sanitaria, ha sido denunciado públicamente (que no judicialmente) por un caso ya conocido: filtrar y limitar las preguntas en las ruedas de prensa desde la Secretaría de Estado de Comunicación e impedir el libre desarrollo del oficio de periodista. En otros países, desde el primer momento, las comparecencias públicas contaron con videoconferencias o chats en directo con los profesionales de la comunicación. Sin filtros. Tras su petición, el Gobierno rectificó.

¿Quiere esto decir, junto a la pregunta capciosa del CIS, que los dirigentes de este país quieren reducir el derecho a la información bajo la excusa del virus de la infodemia? Espero que no. Aunque pueda sobrevolar la cabeza de algún miembro. Lo que sí denotan es aterramiento a la crítica en una situación que propios y extraños han llevado al histrionismo. Y la reducción del juicio de valor de enfrente parece una salida fácil y deseable.

La pregunta ahora puede ser, si no es el Estado, ¿quién puede detener la infodemia actual? O más bien, ¿qué podemos hacer para que en el debate no se extiendan soluciones de corte antidemocrático? Medios y ciudadanos despertando del letargo intelectual al que Redes y líderes han querido obligarnos. Porque existe ese derecho a la información que es de todos y todas, y que tenemos que encargarnos de proteger con la responsabilidad que ello requiere.

La falsedad no es un argumento

Enmascarar la opinión bajo la voz de la información conlleva riesgos, más peligrosos aún si para reforzar las ideas se recurre a supuestos no demostrados o falsos. Y es ahí donde debiera prevalecer el cometido con el que los medios de comunicación han sido designados, y no creerse con un derecho que pertenece a los ciudadanos y tomarse todas las libertades habidas y por haber, entre las que se encuentran la deformación informativa y la manipulación de los hechos.

El artículo 20 de la Constitución Española reconoce el derecho a la información veraz. Y este apellido es más importante que el propio nombre. Pues no, no debemos recibir las mentiras de quienes agitan la falsa bandera de la libertad. Tenemos derecho a la veracidad, esa que muchos medios defienden y que otros, disfrazados de informadores que no son más que voceros y difusores de opinión, mancillan sin ningún pudor. La Era de la Información parece confundirse con una especie de Era de la Opinión, en la que todo vale, despreciando el rigor y aupando argumentos demagogos que, bajo la lupa del raciocinio, carecen de peso.

Y es ese rigor el que como ciudadanos debemos reclamar y practicar. La verificación no puede quedar fuera, nunca. Las comillas han causado ya demasiado daño, y han disfrazado la mentira en forma de verdad. Los argumentos y declaraciones de políticos ni siempre han de ser válidos ni tomados como veraces. Y el Periodismo no ha de dejar que estos trasciendan per se. Responder ante cualquier intento de difusión de falsedades es parte de su propósito. Lo cual no conlleva a una aplicación de censura sobre las opiniones. Pues, aunque la línea sea fina, conviene reconocerla.

Hay quienes vendieron el alma de la información

Para muestra, un botón. Pablo Casado, líder del Partido Popular, hace uso en el Congreso de los Diputados de un supuesto informe para machacar la actuación del Gobierno ante la crisis sanitaria de la COVID-19. El titular posterior que aparece en numerosas publicaciones es evidente. Pero más tarde se demuestra que dicho estudio carece de valor. Por tanto, los medios de comunicación han faltado en su deber de ofrecer una información veraz, atrapados en la trampa de reproducir exactamente lo que los hiladores políticos quieren trasladar.

Este ejemplo es uno más. Pero retirado de cualquier sentido ideológico, créanme. Porque esta problemática nos afecta a todos y todas. Y una porción de ella se la debemos a las amigas y complacientes ‘estrellas’ de la comunicación, que, a cambio de dinero, notoriedad o cercanía al poder, vendieron el alma de la información para trajearse como defensores de la verdad, cuando realmente se encapuchaban como inquisidores de lo divergente.

La intolerancia es el mayor de los males asociados a las fake news, surgiendo de esta no solo la paradoja de Popper, sino también la contradicción de esparcir bulos exigiendo la recurrente libertad de información (veraz), y que mismamente mina la consecución de este derecho plural. Porque la veracidad no está en un bando ni en otro, como la censura no entra dentro de la legalidad vigente, aunque sean muchos los que ahora se empeñan en aplicar enunciados mágicos del tipo “lo que no te contarán los medios” para sumar adeptos, y que ponen en entredicho las reglas establecidas.

Reclamemos la Era del Conocimiento

El futuro que pedirá paso tras la crisis del coronavirus reclama una reflexión conjunta a políticos, medios de comunicación y ciudadanos. Ser intransigentes con quienes ensucian nuestras libertades en el nombre supuesto de las suyas ayudará a aplanarlo. Pues debates más propios del pasado, promovidos por intolerantes y respuestas intolerantes, retratan el estado actual de nuestra sociedad. Actuar debemos si no queremos seguir directrices impuestas, y en lugar de la Era de la Información, mutemos a la Era del Conocimiento, ya que nos hará libres.

La reconstrucción ha de ser abierta y descubierta de odio, buen amigo este del miedo que tanto atenta contra las libertades democráticas. Y para ese tiempo que nos espera, otra cuestión para reflexionar: ¿somos ciudadanos o activistas políticos? Conviene sopesarlo, mirando al futuro sin obviar el pasado, pues la conquista de derechos nos ha llevado a ser lo que somos. No nos creamos por encima de todo, por mucha tecnología con la que contemos. Ni compremos superioridades ideológicas en un todo a cien. Eso no es propio del Conocimiento.

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En MQP hemos elaborado un ‘Especial Crisis del Coronavirus‘. Aquí, analizamos, junto a la infodemia y el derecho a la información veraz, cómo vacunarnos ante el virus de las fake news, la respuesta de la UE a la crisis del coronavirus, el papel de la política de cohesión europea, la situación de Latinoamérica frente a la crisis del coronavirus, o la incertidumbre que la COVID19 nos presenta de cara al futuro.

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