Menú Cerrar

Infodemia (I): ¿Cuál es la vacuna contra la posverdad?

Infodemia: el virus de las fake news en la crisis del coronavirus

El virus de las fake news y la infodemia en la crisis del coronavirus

La crisis del coronavirus nos ha pillado en paños menores, sin diferenciación de los sectores sociales a los que hagamos referencia. La sobrevenida pandemia ha trastocado nuestro diario y se ha llevado por delante todos los planes de futuro a nivel mundial. Pero también ha dejado en evidencia las carencias y debilidades del sistema, dígase globalización, y los sistemas, como las estructuras sanitarias de tantos países desarrollados. Ahora que todo en lo que habíamos trabajado parece tambalearse y no sabemos cómo será el mañana, conviene identificar a los monstruos alimentados, a conciencia o sin querer, y dejarlos fuera de la ecuación ante cualquier posible reseteo.

Uno de esos monstruos, ya en boca de todos y con efectos palpables, es el de las fake news. Como la propia Organización Mundial de la Salud ha señalado, la pandemia provocada por la COVID-19 ha desembocado en una infodemia, en la que llegamos a tener la sensación de estar atrapados. El aumento de esta problemática, con la desinformación como protagonista, viene de lejos, aunque es en estos momentos cuando agudizamos en la percepción de estar rodeados constantemente de información falsa o carente de veracidad.

Viralidad, virus y sobreinformación

La avalancha informativa, cargada de viralidad, es toda una realidad. Veas, escuches, leas o hables, y hasta pienses, tienes al citado coronavirus de frente o de fondo. Y no solo por la gravedad de la situación y la obligada paralización de gran parte de las actividades, sino por la sobreinformación a la que estamos siendo sometidos. Tanto es así, que quienes son los encargados de su producción no dudan en reconocerlo: el 74% de los periodistas encuestados por la agencia PRGarage considera que el coronavirus está acaparando excesivamente la agenda informativa de los medios de comunicación.

Pero la infodemia que estamos sufriendo no solo se debe al volumen, sino a la calidad de la información. Y cuando decimos calidad, nos referimos a la veracidad de los hechos que se relatan, que no es otra cuestión que la propia razón de ser de la propia información. Su propagación en escalada no es nueva, y la repercusión de contenidos tóxicos puede superar la de los propios hechos veraces, como ya constató el estudio publicado en 2018 ‘The spread of true and false news online’. Este estudio, que recabó datos en Twitter entre 2006 y 2017, revelaba que cuestiones veraces alcanzaban de media a 1000 usuarios en esta red social, mientras que el 1% de las noticias falsas llegaban de 1000 a 100.000 usuarios, a la vez que esas noticias falsas eran retuiteadas un 70% más que las veraces.

¿Somos vulnerables ante la desinformación?

La importancia de estos datos reside en la fotografía que nos ofrece, constatando la virulencia con la que la desinformación nos persigue y azota, tratando de resquebrajarnos como sociedad en tiempos de pandemia. El camino que hemos recorrido hasta este punto nos hace sentirnos vulnerables ante el consumo de información, desconociendo a veces el daño que pueden provocar.

Todos conocemos casos de fake news que nos hemos ido encontrando en estos días de confinamiento. Y estos son de lo más variopinto: prevención, vacunas, propagación del virus, gobiernos, hospitales, animales, vídeos y un largo etcétera. En total, a 22 de abril, en España se han desmentido 431 bulos por parte de la Alianza #CoranaVirusFacts que se puso en marcha el pasado enero bajo la batuta de la International Fact-Checking Network, con la participación de más de 100 medios de verificación. La media, como mínimo, sería de más de 3 bulos al día.

Nuestros smartphones son un nido de esta ruidosa infoxicación que atenta contra propios y extraños, y sobre la que debemos tener clara una máxima: detrás de todos estos hechos hay detrás una estructura cargada de intencionalidad. Nadie juega a los dados cuando hablamos de propagación a gran escala, ni las acciones aisladas llegan a ser una tendencia o a todos nuestros hogares de manera común. Las granjas de bots, los perfiles falsos y las agencias que se mueven en esta industria son reales. Todo unido, una verdadera temeridad para la ciudadanía en su conjunto. Sin condición.

La proliferación de fake news tiene responsables detrás

Por tanto, si hay intención por tener un rédito es que existe un responsable. Ya sea para obtener beneficio político o económico, la tendencia de estas falsedades que se mueven de una red a otra es tratar de imponer siglas o ideologías concretas. Y aunque hablando de redes el ‘libre de pecado’ casa con la inexistencia, esta práctica tiene como principal y habitual exponente a la extrema derecha, a nivel mundial, por lo que ante una pandemia no han considerado que fuese el momento idóneo de poner el freno, sino que las contrastadas estrellas de la falsedad trabajen a destajo para impulsar mensajes que, si no consiguen un beneficio directo, al menos desestabilicen.

Así lo señaló el pasado junio Julian King, entonces comisario europeo de la Unión por la Seguridad, dando a conocer que VOX se había beneficiado de contenidos generados en redes sociales a través de cuentas falsas y bots, con el objetivo de interferir en las elecciones europeas y amplificar el apoyo hacia su formación. Aunque nada es nuevo bajo el Sol. Los movimientos antisemitas se apoyaron de este mal endémico para propagar sus ideas en el siglo XVIII y XIX, por lo que la persecución que los bulos ha ejercido sobre la humanidad viene de lejos.

Este es un ejemplo de lo que se persigue al realizar este tipo de prácticas. Pero, para ello, primero están dispuestos a levantar los asentados cimientos de nuestra sociedad y voltearlos para que todo quede patas arriba. La desinformación y falsedad confunden a los votantes, pero también socavan democracias. Y eso es sinónimo de ver tambalearse nuestro estado de derecho a base de perpetuar una inestabilidad a nivel institucional y ciudadano.

Los bulos también entienden de clase social

La desconfianza llega a todos los niveles, y la gente, de forma individual, ya no sabe qué creer y qué no mientras la intranquilidad y la desconfianza avanzan a lomos de un caballo receloso de todo. Llegan noticias de medios contrastados que se comparten en chats de familiares, amigos o compañeros, acompañadas de mensajes que ponen en entredicho si se tratará de un bulo o no. Es decir, que hay personas que ya no saben ni en qué ni a quién creer.

Ahí, además, entra en juego un factor a considerar, y es que la infodemia sí puede llegar a entender de clases. Las personas que no han tenido acceso a una formación ni han recibido un aprendizaje de las TIC tienen en sus manos un foco de infección constante, sobre todo a través de plataformas como WhatsApp. Y no quiere esto decir que sean las únicas personas que se ven afectadas, pero sí que dicho condicionante las hace más vulnerables.

El virus que se mueve por las redes

La respuesta a las estratagemas de quiénes pretenden desestabilizar ha de ser común y contundente. Ante esto, las principales plataformas de redes sociales ya han tomado nota, e implementado medidas, algunas inéditas hasta esta crisis, buscando quizás una suerte de redención. Twitter ha eliminado tuits que propagaban bulos sobre el coronavirus; Facebook ha borrado contenido fraudulento y relativo a teorías conspirativas relacionadas con la pandemia, como prevenciones no probadas científicamente que llevaban a la confusión o el engaño; WhatsApp prepara una herramienta para combatir los fake news y ha limitado el envío de mensajes masivos.

Además, estas plataformas han lanzado centros de información oficiales, que tienen como principal fuente a la Organización Mundial de la Salud, institución que a su vez ofrece un chatbot con el que poder informarse sobre multitud de cuestiones en torno a la COVID-19 a través de WhatsApp.

¿La verdad requiere de árbitros?

Pero hablamos de medidas para contrarrestar la difusión y el impacto de noticias falsas principalmente de carácter médico o científico, no político. Porque es aquí cuando surge una cuestión que choca con la razón de ser de estas plataformas: ¿deben ser árbitros de la verdad? La realidad las ha forzado a encontrarse en una posición lejana a la que se ubicaban cuando irrumpieron en nuestras vidas. Y dado su crecimiento y amplitud de recursos, ya sea por convicción u obligación, se han visto abocadas a preservar el interés general de los usuarios y de la sociedad en su conjunto.

Mismamente, dicha cuestión se digiere mejor diferenciando la verdad de la mentira, sin entremezclar o excusarse en temáticas. Por lo que no, no han de ser árbitros de las acusaciones políticas, pues un árbitro ha de ser neutral. Al igual que no ha de usarse políticamente la mentira para alcanzar ninguna cota. Por lo que, si hemos de exigirle a los Facebook o Google que realicen un esfuerzo mayor en detectar amaños a base de estructuras e injerencias, hemos de reclamar la verdad, por un lado, y señalar a quién miente, sin distinciones ideológicas o partidistas, por otro.

Parte del progreso como sociedad reside ahí, con líderes a la altura que sean pulcros en acciones e intenciones. Por ello, no debemos aceptar que fuerzas o movimientos a los que se le llena la boca para hablar de progreso mancillen términos y herramientas como la verificación, a la vez que siguen rociando con material altamente inflamable las situaciones de desconfianza anteriormente citadas para tratar de posicionarse dentro de la batalla política que supone esta crisis del coronavirus.

Trabajar por un futuro que apremie la verdad

Con todo ello, hemos de seguir indagando en los fallos cometidos hasta el momento en este sentido, y dejémoslo fuera del mundo que nos espera. Las soluciones, a veces, pueden ser sencillas, aunque no por ello menos duras. Seamos consecuentes con nuestras acciones y realicemos un ejercicio reflexivo sobre nuestra forma de consumir información, porque la mentira se disfraza de verdad muchas más veces de las que vemos. Hemos confiado demasiado en Twitter o Facebook, recibiendo contenido de rápida absorción sin siquiera pararnos en el proceso.

Aunque, quizás, se van dando indicios que pueden ser más prometedores. Según un estudio de Edelman, en Reino Unido la confianza en las redes sociales ha bajado un 29% a la vez que ha subido un 25% hacia los medios de comunicación. A ello se suma el descubrimiento por parte de un grupo de investigadores italianos que, tras analizar más de 120 millones de mensajes en Twitter, se ha encontrado con que conforme la amenaza del coronavirus se acercaba a un país, descendía la difusión de enlaces a páginas poco fiables.

Ante tal desnudez, es hora de contrastar más la información por parte de medios, ejerciendo la profesión con los deberes que esta requiere, y no solo reclamando sus derechos; y lectores, acudiendo a una segunda fuente. Podemos sacar provecho como sociedad de aquellas flaquezas que la pandemia ha evidenciado, comenzando a buscar y plantear sus remedios. La educación en una materia que se dejó al desamparo se hace fundamental cuando conjuguemos el futuro. Desde el presente podemos asumir responsabilidad a nivel individual y tratar de ver más allá. Cuando todo queda en cuestión, erramos poniéndonos al calor de las opiniones con las que comulgamos. Y es de recibo comprender que un bulo no es un argumento que se envía desde la otra trinchera por el hecho de ser emitido desde enfrente. Apuntalemos ese pilar. Solo así escaparemos de la posverdad.

¿Quieres leer más sobre el virus de la infodemia y las fake news?

En MQP hemos elaborado un ‘Especial Crisis del Coronavirus‘. Aquí, analizamos, junto a cómo vacunarnos ante el virus de las fake news, la infodemia y el derecho a la información veraz, la respuesta de la UE a la crisis del coronavirus, el papel de la política de cohesión europea, la situación de Latinoamérica frente a la crisis del coronavirus, o la incertidumbre que la COVID19 nos presenta de cara al futuro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *